¿Puede la forma de tratar a un bebé influir en su futura relación con la bebida o las drogas?

Antonio, 36 años, soltero. Un caso como tantos. Trabajo, exigencia, responsabilidad (tiene a su cargo un equipo de 15 personas), soledad y, paradojas del alcohol, un historial de bebedor social. De vez en cuando un escarceo con una mujer casada que contacta por las redes sociales. No es sórdido, pero si decepcionante. Un día, Antonio sale de trabajar tarde, pasa por un “veinticuatro horas”, se compra unas cervezas, bebe solo en casa, se le “calienta el piquito”, como dicen, y termina a altas horas de la madrugada de copas por ahí. Ebrio, amnésico y con un cuadro de disforia, que incluye tristeza, ansiedad e irritabilidad.

La psicología tiene un libreto bastante elaborado para abordar el análisis funcional de las conductas adictivas. Dificultad para establecer vínculos personales seguros, para manejar las relaciones sociales y regular adecuadamente los afectos. Un triunvirato temible, que activa el circuito inextricable. Un bucle que lleva al consumo y, de ahí, a las conductas adictivas. Un círculo que se adueña de la situación gracias a la capacidad de crear hábito del alcohol y a la vulnerabilidad psicológica-conductual de los antonios conocidos y anónimos que pueblan de soledades las barras y los domicilios.

El problema surge cuando los procesos personales y la desregulación emocional que subyacen en los procesos adictivos se ponen en relación con la teoría del apego. Es solo un marco, pero enciende una poderosa alerta. ¿Y si el origen de las adicciones estuviera en la forma en que nos trató nuestra madre o la figura de apego correspondiente? “Por favor, no pongas eso”, exclama alarmada la psicóloga Mónica Gázquez, directora del centro mindic, especializado en adicciones, y profesora de la Universidad Miguel Hernández.

bebida

Su reserva y preocupación tiene que ver con el peligro a que este vínculo entre las adicciones y el apego, la unión afectiva fruto de las interacciones entre el niño y su cuidador, derive en una suerte de juicio sumarísimo contra madres y padres. Mejor que borrarlo, explicarlo.

Sobre todo si se tiene en cuenta que España es un país donde el 78 por ciento de la población bebe alcohol y 1.600.000 personas de entre 15 y 64 años tienen un consumo de riesgo, según datos del Informe 2016 del Observatorio Español de la Droga y las Toxicomanías.

Hacer recaer sobre las espaldas de los progenitores la causa de conductas adictivas que merman la capacidad de sus hijos para desenvolverse en la vida tal vez sea demasiado. Por no hablar del corolario de efectos deleznables que las adicciones contagian al cuerpo social: violencia de género e intrafamiliar, efectos sobre la salud, accidentes de tráfico, etc. Para avalar esta letanía alarmista, ahí va un dato que desliza una gota de sudor frío en las conciencias.

“El consumo en atracón de alcohol (binge drinking) ha ganado popularidad a lo largo de los años y, aunque en 2013 la prevalencia se mantiene estable respecto a 2011, se ha triplicado en una década. El 15,5% ha consumido alcohol en forma de atracón en los últimos 30 días. Este patrón de consumo se concentra en el grupo de jóvenes de 20 a 29 años”, señala el referido informe.

Pero sí, los vínculos de apego influyen en la etiología y el mantenimiento de las adicciones. Aunque duela. “En la infancia, ante la presencia de peligro, amenaza o inseguridad, aparece un conjunto de respuestas innatas e instintivas relacionadas con la búsqueda de seguridad del niño”, explica Mónica Gázquez. Por desgracia, a veces los padres se hallan ausentes y, cuando están, no siempre esa presencia se traduce en receptividad emocional.

Por ello, no resulta extraño que Antonio, a sus 36 años, tenga recuerdos de una infancia feliz y de unos padres cariñosos, pero naufrague a la hora de dar ejemplos que apoyen sus evaluaciones positivas. Probablemente sus padres cumplieron, pero no del todo.

“En síntesis, la propuesta de la teoría de apego es asombrosamente simple, pero de una magnitud enorme: la presencia (permanencia) de una persona (denominada figura de apego preferente) en la vida del niño capaz de mostrarse sensible, rápida en la satisfacción de sus necesidades y empática favorece la experimentación de sensaciones y emociones intensas de calma, alivio, satisfacción”, relata la presentación que la experta en adicciones utiliza en sus conferencias.

Para bien o para mal, la figura de apego, la madre en la mayoría de los casos, funciona como un regulador que activa y desactiva al bebé. Y por ahí empieza todo. A lo largo de la vida, las personas van adaptando sus reacciones y conductas a la ventana de tolerancia que les legó la relación con su cuidador.

Si no hubo presencia-permanencia de esa figura de apego ni las condiciones antes descritas, el resultado se llama apego inseguro. Y tiene sus consecuencias: desconfianza, hostilidad, inseguridad, intranquilidad y una relación combativa frente al mundo y a la forma de satisfacer las necesidades. Basta imaginarse el conflicto que crea una figura de apego en el niño cuando utiliza el miedo, el exceso o la coerción para imponerse.

“La misma fuente de seguridad es la fuente miedo. El niño siente el impulso a dirigirse en busca de seguridad a la misma fuente del temor que intenta evitar”, afirma Gázquez. La respuesta no puede ser otra que el caos, un desorden que permanecerá de por vida.

La relación sutil que el niño va trabando a través de miradas, gestos y palabras construirá lo que los psicólogos llaman el modelo operativo interno, es decir, el esquema funcional que marcará la relación de la persona con sí mismo y con los demás.

Siguiendo estos modelos funcionales, el apego inseguro, además de personalidades desorganizadas, forja otro tipo de patrones conductuales, como el evitativo o el ambivalente. El primero, se ve a sí mismo como alguien que no merece ser amado, aislándose de los demás y desarrollando una estrategia racional para afrontar los conflictos. El segundo, obstinado en atraer la atención de su cuidador durante la infancia, desarrollará ya adulto una tendencia a depender de los demás para no sentirse solo y desvalido. Por su parte, el desorganizado, criado en la inseguridad, tenderá a idealizar y a disociarse.

Otros expertos, como John Bowlby, han construido un cuadrante entorno al apego que clasifica los modelos operativos internos y establece categorías en función de la percepción de uno mismo y de los demás. Está el preocupado, que tiene buena percepción de los demás pero baja de sí mismo, el rechazante (lo contrario) y el temeroso-huidizo, negativo al cuadrado.

El trayecto vital condicionado por el apego inseguro tiene muchas posibilidades de parar en alguna de las estaciones que conducen a la adicción. Un 68 por ciento de las personas que tropiezan con las sustancias adictivas eligen el camino de la aceptación, por solo un 32 por ciento que siente un rechazo automático y salta de inmediato del tren. Entre los primeros, el 43 por ciento se queda en la primera parada, la del uso exploratorio. Una probadita.

El 25 por ciento siguen adelante y, de ellos, 20 por ciento caerán en la dependencia y un 5 por ciento apurarán el mal viaje hasta el fin del trayecto, la toxicomanía que implica totalmente a la persona. Y sí, lo ha adivinado, casi todos los pasajeros de largo recorrido tienen en común el estigma del apego inseguro.

Vergüenza interna, mecanismos de compensación, carencia de habilidades de consuelo, problemas en la regulación emocional, deficiente socialización, tendencia a buscar “pares desviados”. La lista de resquicios que el apego inseguro deja para que se filtre la adicción es extensa. Y, de entre todos los patrones de conducta, el ambivalente, inclinado en demasía a los demás, es el que más boletos tiene para que el consumo de sustancias se convierta en un problema. No les va mejor a los preocupados y temerosos de John Bowly, que beben para escapar de sí mismos o de los problemas.

Cada una de estas figuras desarrolla patrones de consumo definidos y una tendencia más acusada a uno y otro tipo de adicción. La red que las adicciones van tejiendo se vuelve más y más compleja conforme los psicólogos se adentran en otros campos y analizan variables diversas, como el género, el perfil socio-educativo, etc.

Pero lo que resulta innegable es que conocer las condiciones afectivas y emocionales sobre las que se construyó el andamiaje del apego resulta decisivo para comprender, prevenir y luchar contra las adicciones. Y, aunque no debamos señalar a nuestros progenitores, no estaría mal pensar cuánto bien y cuánto mal podemos hacer a nuestros hijos en función de la implicación emocional y física que pongamos en su cuidado durante la infancia temprana.

Jordi Navas

Apasionado de las pasarelas, las que nos transportan de la cultura y la comunicación a la vida. Periodista, profesor, historiador y crítico de arte y arquitectura, doctor en filosofía y letras y hacker impúdico de todas esas cosas y alguna más.

Jordi Navas
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